Primer capítulo de Un tipo casi normal en una situación casi anormal

Capítulo Primero.

 

         —Jefe, el viejo ya ha hablado. ¿Qué hacemos?

El interpelado gruñó. La palabra viejo le desagradaba porque le recordaba a él que tampoco era ningún jovencito. Apuró la cerveza, se limpió los labios con el dorso de la mano y clavó una mirada salvaje en el hombre que había terminado de hablar. Se encontraban en el interior de un pequeño despacho amueblado con sencillez pero con muy buen gusto. Giró levemente el sillón de cuero, cruzó las manos y sonrió.

—Dime, Salva.

—He apuntado el código de acceso – depositó un trozo de papel cuadriculado con una larga serie de caracteres escrito con la letra de un niño pequeño.

—Salva… —el tono de voz de aquel a quien había llamado jefe mostró una gran irritación. Su rostro se contrajo en una mueca de ira, pero logró contenerse.

Salvador Martínez, un hombre corpulento, de mirada noble pero algo ingenua, se estremeció; algo marchaba mal.

—Vuelve a hablar con el viejo –ordenó con voz más relajada.

—Creo que va a ser imposible.

— ¿Por qué?

—Porque le he matado, como ordenaste.

La mirada del jefe refulgió. Su puño golpeó la superficie de la mesa con rabia.

— ¡Eres un estúpido! –bramó.

Se incorporó y mostró el pedazo de papel garabateado.

— ¡No tenemos nada! –gritó con más furia aún.

—Le he obligado a escribir el código tres veces seguidas, y no ha fallado ni una sola vez –se defendió Salva—. No ha podido inventarse un código tan largo.

— ¡Nada!, aunque el código sea cierto, estamos igual que al principio solo que la única persona que nos puede dar la información está muerta.

—Pe.. pe… pero… ¿Qué información?

—El disco está oculto en la cámara de seguridad de un banco, cerrado con llave y protegido por una contraseña secreta –bajó el tono de voz, pero su rostro se había congestionado por la rabia—. ¡Pero no sabemos ni de qué banco se trata ni dónde ha escondido la llave!

Salva comenzó a temblar aterrorizado.

—Jefe… habérmelo dicho… me limité a arrancarle el código y después le rompí el cuello…

— ¡Te dije toda la información! ¡TODA!

Salva comprendió que había metido la pata hasta el cuello. Y lo mejor sería no seguir hablando, porque se la podrían arrancar de cuajo.

 

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